El mendocino dejó una huella imborrable en la historia del boxeo mundial. La pelea del 12 de diciembre del 68 en Japón ante Fuji es considerada una obra maestra del boxeo.
“Una obra maestra”, “La pelea perfecta”, “Una obra de arte”, “Una reliquia de la historia del Boxeo”, “Clase magistral”. Así definen al enfrentamiento entre Nicolino Locche y Paul Takeshi Fuji, ocurrido en 1965 en Japón y que le valió al mendocino el título mundial welter junior.
El boxeador mendocino apodado “El Intocable“, dejó una huella imborrable en la historia del boxeo mundial. Su talento no solo radicaba en la técnica y la defensa impecable, sino en cómo convertía cada pelea en un espectáculo.
“Yo creo que nunca más se va a ver una clase de boxeo como esa. Fue realmente una reliquia que quedó en la historia grande del boxeo mundial“, dijo el periodista Walter Nelson.
El combate, descrito como “cinco estrellas de diamante en la historia del boxeo argentino”, combinó arte, ciencia, defensa y ataque en una actuación que asombró no solo a los japoneses, sino al mundo entero.
¿Cómo fueron los comienzos de Nicolino?
La historia de Nicolino comenzó en la esquina de las calles Perú y Lago Maggiore, en la ciudad de Mendoza. “Para poder llegar a su casa, tenía que pasar sí o sí por esa esquina, donde un muchacho más grande lo molestaba. Hasta que un día, un vecino, Luis Lorenzo, le dijo que peleara con él. Ese fue el inicio de mi papá en el boxeo”, relató su hijo. De esas primeras peleas callejeras surgió un talento que, poco a poco, se forjó en el Mocorá Boxing Club, a solo cuatro cuadras de su casa.
La noche que lo convirtió en leyenda
El 12 de diciembre marcó un antes y un después. La de esa noche “fue una obra de arte porque no solamente mostró su defensa y técnica impecable, sino que también salió a buscar la pelea. Lo derrotó psicológicamente, demoliéndolo poco a poco en cada round”.
Más allá del ring
Nicolino no solo era un ídolo en el cuadrilátero, sino también un padre cercano y cariñoso. “Nos llevaba a la escuela, jugaba con nosotros y nos consentía mucho. Era un hombre muy generoso, gracioso, y un papá muy presente”, recuerda su hijo.