Andrea y Marifé son dos generaciones unidas por una misma vocación. Madre e hija eligieron dedicar su vida a la enseñanza y aseguran que ser docente va mucho más allá de estar frente a un aula: es una forma de vivir, acompañar y aprender de los demás.
Hay historias que muestran que la vocación docente también puede heredarse. En el caso de Andrea Rosa Ferrari y su hija María Fernanda, conocida como Marifé, el amor por enseñar atravesó generaciones y se convirtió en un vínculo que ambas comparten dentro y fuera de la escuela.
Andrea tiene 62 años y llegó a Mendoza en 1988. Después de décadas frente a las aulas, se jubiló hace dos años. Sin embargo, dejar oficialmente la actividad no significó abandonar aquello que considera parte esencial de su identidad.
Su hija siguió sus pasos. Actualmente trabaja en el CEF San Buenaventura, donde se desempeña como coordinadora de nivel inicial, aunque asegura que su corazón continúa estando en el lugar donde comenzó todo: el jardín de infantes.
Andrea, una maestra que nunca quiso dejar el aula
Para Andrea, convertirse en docente no fue simplemente una elección profesional. Lo define de una manera mucho más profunda: siente que la docencia la eligió a ella. Desde pequeña tuvo claro que quería enseñar y, con el paso de los años, descubrió que el aprendizaje no funciona en una sola dirección.
“Quien está frente a un aula aprende muchísimo más de lo que enseña”, sostiene al hablar sobre una profesión que marcó cada etapa de su vida. Su jubilación llegó después de haber cumplido los 60 años, aunque reconoce que no quería alejarse de la escuela.
Durante un tiempo intentó continuar en actividad, porque todavía sentía que tenía mucho para dar. Finalmente, llegó el momento de cerrar una etapa, aunque no de abandonar su vínculo con la enseñanza.
Marifé creció viendo a su mamá enseñar
El vínculo de Marifé con la docencia comenzó mucho antes de que eligiera convertirse en maestra. Durante su infancia acompañó a su mamá en distintos momentos de su carrera y observó de cerca lo que significaba para ella estar en una escuela.
Incluso tuvo la posibilidad de tenerla como maestra, una experiencia que terminó siendo determinante para su futuro.
Mientras veía a Andrea trabajar, Marifé empezó a imaginarse a sí misma en ese mismo lugar. “Yo quiero ser así, yo quiero ser la Seño Marifé”, recuerda sobre aquellos años en los que comenzó a construir su propia vocación.
Para ella, su mamá fue plantando una semilla que con el tiempo terminó creciendo. Esa admiración se transformó en una profesión y, finalmente, en una manera de entender la vida.
Aunque pertenecen a generaciones diferentes, ambas coinciden en que la educación cambió y que la tarea docente enfrenta nuevos desafíos.
Andrea considera que durante muchos años el aprendizaje estuvo demasiado asociado a determinados resultados académicos, especialmente en áreas como matemática y lengua.
Pero, desde su mirada, un niño es mucho más que una calificación o una capacidad medida en términos tradicionales.
Marifé, además de docente, es actriz y encuentra en esa experiencia una herramienta para trabajar con los más chicos.
Para ella, especialmente durante el nivel inicial, enseñar también significa ayudar a los niños a reconocer y expresar sus emociones, desarrollar el lenguaje corporal y encontrar distintas maneras de comunicarse.
La propuesta pedagógica, sostiene, debe generar espacios donde los chicos puedan expresarse libremente y desarrollar otras capacidades además de los contenidos escolares.
La docencia como una forma de vida
Para madre e hija, hablar de ser maestra implica mucho más que hablar de una profesión. Andrea resume su manera de entender la vocación docente en una sola palabra: amor.
A partir de allí aparecen otros conceptos que, según ella, forman parte inseparable de la tarea: entrega, compromiso y dedicación.
Para Marifé, la docencia también ocupa un lugar central en su identidad. Es mamá, esposa, hermana y actriz, pero también se define como maestra. “Ser maestra es un estilo de vida”, resume. Esa forma de entender la profesión explica por qué incluso después de jubilarse, Andrea continúa vinculada a actividades relacionadas con la infancia.
Aunque ya no está al frente de un aula como antes, Andrea encontró nuevas maneras de mantener viva su pasión.
Recientemente recibió el reconocimiento como Embajadora de las Infancias y continúa participando en actividades de lectura de cuentos junto a la abuela Colorina.
La experiencia demuestra que para ella la jubilación significó el final de una etapa laboral, pero no el final de su identidad como maestra. Porque, como ella misma sostiene, ser docente es para toda la vida.