“Disfrutá el momento. Hoy estás. Mañana no sabés”. Desde las villas hasta el Luna Park, la historia de una mujer que aprendió a pelear primero por su vida y luego por sus sueños.
Nacida en Jujuy en 1978, Alejandra “La Locomotora” Olivera no tuvo un comienzo fácil. Creció en un entorno atravesado por la pobreza y la violencia familiar, y desde muy joven enfrentó situaciones que marcaron su vida para siempre.
A los 15 años fue madre, y con esa temprana maternidad también llegó el dolor de una relación violenta. “Pensé que el amor era otra cosa”, confesó años después. “Me golpeaba. Hasta que un día me defendí, le pegué primero y me di cuenta de que también tenía fuerza. Agarré a mi bebé, una bolsa de nylon con ropa, y me fui. No volví nunca más”.
Esa fuerza que descubrió en medio del miedo fue la que canalizó en el deporte. El boxeo no solo se convirtió en su refugio, sino en su trampolín. En 2006, en México, ganó su primer título mundial frente a Jackinava. Días antes de esa pelea, su marido la había traicionado con su propia hermana. “Esa bronca me dio más ganas de ganar”, diría después.
Su relación con la Tigresa Acuña
Alejandra se consagró como una de las grandes del boxeo argentino, con seis títulos mundiales en cinco categorías distintas. Su rivalidad con la Tigresa Acuña marcó una época, especialmente la histórica pelea en el Luna Park en 2008, que terminó perdiendo por puntos. Pero más allá de los resultados, su carisma, su humor y su historia de superación la convirtieron en un símbolo.
Hace cuatro años volvió a Mendoza, tierra de su padre, para cumplir el sueño de una fanática: Viviana Córsola Doga, una exboxeadora local que atravesaba una grave enfermedad hepática. “No quiero morirme sin conocer a la Locomotora”, había dicho Viviana. Alejandra no dudó. Viajó, la abrazó y le dio fuerzas. “Mi papá es mendocino, vive en Guaymallén. Tengo raíces acá”, dijo emocionada.
Su legado más allá del ring
Alejandra dedicó su vida a abrir gimnasios en villas y barrios populares, con el objetivo de alejar a los jóvenes de la droga y el alcohol. “Salimos todos los fines de semana a repartir comida, a decirles a las chicas que estudien, que trabajen, que se puede cambiar el futuro”, cuenta. Su mensaje era claro: con fe, fuerza y garra, todo es posible.
En una entrevista reciente, habló sobre la muerte con la misma franqueza que la caracteriza: “Capaz que esta noche te dormís y no te despertás. Entonces, disfrutá el momento. Hoy estás. Mañana no sabés”.