Cada vez más personas consideran a sus perros y gatos como miembros centrales del hogar. Especialistas explican cómo impacta esta tendencia en la psicología, la rutina diaria y qué derechos reconoce hoy la ley para los animales de compañía.
El fenómeno de los llamados “perrhijos”, mascotas tratadas como hijos, crece con fuerza en Mendoza y refleja un cambio cultural que ya impacta en la rutina diaria, en los vínculos afectivos y hasta en la Justicia.
Ya no hablamos tanto de mascotas, sino de animales de compañía. Muchas familias organizan su vida en función del perro o del gato.
La escena se repite en plazas, cafés y shoppings: cochecitos para perros, platos especiales, ropa y celebraciones.
Morena, una vecina mendocina, cuenta que su perro forma parte total de su vida cotidiana. “Benja es mi hijo. Yo lo llevo a todos lados. Si un lugar no lo acepta, directamente no entro”, relata.
Sobre las críticas, es tajante: “Prefiero el amor y el cariño. Lo negativo no me influye. Él es parte de mi familia”. Y agrega: “No lo dejo solo más de dos horas. Cuando termino de trabajar, vuelvo rápido a casa para estar con él”.
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El psicólogo Jorge Quiroga explica que el apego con los animales es natural y puede ser saludable, pero advierte sobre los excesos. “Los seres humanos tenemos una tendencia social muy fuerte. Necesitamos vincularnos y los animales cumplen muy bien ese rol de compañía”, señala.
Sin embargo, marca un límite claro: “El problema aparece cuando le atribuimos al animal capacidades que no tiene. Un perro puede generar cariño y apego, pero no tiene la misma estructura neurológica que un hijo”.
También desmitifica algunas creencias habituales: “Un perro no anticipa el futuro ni piensa ‘mañana va a venir mi dueño’. No tiene esa capacidad cognitiva. Puede sentir algo parecido a la soledad, pero en una dimensión mucho menor que la humana”.
Y resume: “Querer a una mascota es sano. Convertirla en el reemplazo de un hijo ya es otra cosa”.
Aun así, los especialistas destacan los aspectos positivos del vínculo. “Está comprobado que convivir con animales mejora la empatía, baja el estrés y ayuda a los chicos a desarrollar habilidades sociales”, explicó Quiroga.
Incluso se utilizan en terapias: “En niños con trastornos del espectro autista, el contacto con animales facilita la sociabilización”.
El debate también llegó al plano jurídico. Los animales comenzaron a dejar de ser considerados “cosas” para pasar a ser “seres sintientes”. La abogada Lilian Fernández lo explica con claridad: “Hoy la ley reconoce que los animales sienten dolor y bienestar. Eso cambia la forma en que la Justicia los protege”.
Detalla que ya existen fallos que marcan precedentes. “Hay casos de parejas separadas que acuerdan regímenes de visitas y cuidados para sus perros, como si fuera una tenencia compartida. Parece extraño, pero el vínculo humano-animal ya tiene peso legal”.
También menciona la convivencia en espacios públicos: “Muchos locales se adhieren a la modalidad pet friendly. El comercio decide si acepta animales, pero cada vez hay más lugares que los incluyen”.
Mientras algunos lo ven como exageración, para otros es simplemente una forma distinta de expresar afecto.
Como dice Morena, sin vueltas: “Él no es una mascota. Es mi compañero de vida”.